Rocío Santibáñez comparte herramientas para avanzar hacia una relación más neutral y consciente con nuestra imagen.
Por Leslie De Rosas vía Nueva Mujer
¿Cuántas veces has visto una fotografía tuya y has pensado que en ella te ves mucho mejor que frente al espejo? Quizá la piel se ve más uniforme, el rostro más estilizado, los ojos ligeramente más grandes o la nariz diferente.
Al principio parece un juego. Un filtro para esconder un granito, una herramienta para mejorar la luz, un pequeño retoque antes de publicar. El problema comienza cuando esa versión editada deja de sentirse como una fotografía y empieza a convertirse en la medida con la que juzgamos nuestro rostro real.
Eso es lo que puede ocurrir con la dismorfia digital, una preocupación intensa por la apariencia que nace, entre otros factores, de compararnos con nuestra propia imagen modificada en redes sociales.

La psicóloga y estratega en reingeniería humana Rocío Santibáñez, especialista en reprogramación del sistema nervioso, explica que aquí existe una diferencia fundamental: no necesariamente queremos parecernos a una celebridad, sino a nosotras mismas después de haber eliminado aquello que consideramos imperfecto.
“Llega un punto en el que nuestra cara real nos parece defectuosa de tantos filtros que le hemos puesto”, explica.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones: podemos terminar rechazando una versión real de nosotras mismas porque nos acostumbramos a una versión que nunca existió.

¿Qué es la dismorfia digital?
Santibáñez explica primero que el trastorno dismórfico corporal es un trastorno mental en el que una persona vive obsesionada con uno o varios aspectos de su apariencia que considera defectos, aunque los demás puedan no percibirlos o incluso no existan de la manera en que la persona los observa.
La dismorfia digital, aclara, todavía no es un diagnóstico oficial. Se utiliza para describir esa preocupación relacionada específicamente con la comparación entre nuestra apariencia real y nuestra imagen editada o filtrada.
“Cuando hablamos de dismorfia digital estamos hablando de una preocupación intensa por la apariencia. Pero, fíjate, nace de compararte con tu propia imagen editada o filtrada en redes”.

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la experiencia. Ya no se trata solamente de mirar a otra mujer y pensar “quisiera verme como ella”. Ahora podemos mirar una fotografía nuestra y pensar: “¿Por qué no me veo así en la vida real?”.
El problema comienza mucho antes de que nos demos cuenta
La especialista explica que el proceso puede comenzar de manera casi invisible.
Primero corregimos un granito. Después queremos que la piel se vea más pareja. Luego modificamos el cabello, los rasgos o la forma del rostro. Cada cambio puede parecer insignificante por separado, pero la repetición modifica nuestra referencia de lo que consideramos atractivo.
“Es como toda adicción. Empiezas con poquitos, nada más. ‘Ay, no pasa nada’. Y después la siguiente, después la siguiente”, explica.
Lo preocupante es que el proceso no necesariamente genera una alarma inmediata. Al contrario: la edición produce satisfacción.
“Lo grave es precisamente que es imperceptible, es gradual, progresivo y no tiene síntomas. Es decir, el síntoma es satisfactorio”.

Nos gusta más la fotografía. Nos sentimos más seguras. La publicamos. Hasta que llega el momento de mirarnos al espejo:
“El problema es cuando me volteo a ver al espejo y me acuerdo que no soy la que publiqué”.
¿Cuándo la preocupación por la apariencia se convierte en un problema?
No todo uso de filtros significa que exista dismorfia digital. El punto de alerta aparece cuando la preocupación comienza a condicionar nuestra vida.
Santibáñez menciona situaciones que pueden resultar familiares: tener dificultades para elegir qué ponerse porque nada parece quedar bien, sentir incomodidad al llegar a un lugar porque pensamos demasiado en cómo nos están viendo, tomar decenas de fotografías antes de encontrar una que consideremos aceptable o necesitar preguntar constantemente“¿cómo me veo?”.
“Ya hay que pedir ayuda o hay que tratarlo de alguna manera cuando ya se convirtió en angustia, ya está condicionando tu vida”.

También plantea una pregunta que puede servir como espejo, pero esta vez uno mucho más profundo:
“¿Qué tanta tranquilidad te está costando y cuánta libertad te está costando esta preocupación?”.
Porque quizá el verdadero problema no es querer vernos bonitas. Es cuando dejamos de hacer cosas, de salir, de mostrarnos o de disfrutar porque creemos que primero tenemos que vernos de determinada manera.
Cuando la percepción comienza a construir una versión de nosotras
Hay otro aspecto de la explicación de Rocío Santibáñez que resulta especialmente importante: la repetición.
“Una vez no pasa nada, pero sucede tres veces al día o cuatro veces al día y repetido a lo largo de un año”.
De acuerdo con su explicación, esa repetición puede contribuir a formar una red neuronal que sostiene una determinada percepción de nosotras mismas.
“Ya se hizo una cantidad abismal, es decir, se hizo una red neuronal que sostiene que yo soy un error o que yo estoy inadecuada por la forma en la que me veo”.

Y es precisamente ahí donde la conversación deja de ser superficial. No estamos hablando solamente de una fotografía bonita o de un filtro. Estamos hablando de qué mensaje repetimos diariamente sobre nuestro propio cuerpo y nuestra identidad.
¿Por qué cambiar nuestro cuerpo no siempre cambia cómo nos sentimos?
Rocío Santibáñez también cuestiona la idea de que modificar físicamente aquello que nos incomoda resolverá necesariamente el conflicto.
“La cirugía estética no lo arregla. Si la persona tiene un conflicto con su nariz y se la opera, aunque le quede preciosa, va a seguir inconforme porque el problema nunca fue la nariz. El problema es su percepción”.
Por eso propone aprender a observar lo que ocurre internamente, sin negar el sufrimiento:
“Hay que darle validez al sufrimiento que estamos teniendo sin confirmar el defecto”.

No tenemos que obligarnos a decir que algo nos encanta cuando no es así. Podemos reconocer una inconformidad sin convertirla en el centro de nuestra identidad:
“Puedo tener el permiso de estar insatisfecho y puedo además sumarle todas las otras cosas que incluyen mi vida, que no solamente son mi nariz”.
El cuerpo es mucho más que una imagen
Uno de los ejercicios que propone Santibáñez consiste en cambiar la pregunta de “¿cómo se ve mi cuerpo?” por “¿qué puede hacer mi cuerpo?”:
“Un ejercicio que podemos hacer es escribir o hacer un inventario de todo lo que mi cuerpo puede hacer. ¿Puede brincar, puede correr, puede caminar, puede nadar?”.
La intención es diferenciar apariencia y capacidad:
“Estoy diferenciando entre lo que mi cuerpo puede hacer y cómo se ve mi cuerpo”.

Ese cambio puede parecer sencillo, pero implica recuperar una dimensión que la mirada estética suele borrar: nuestro cuerpo no solamente está para ser observado.
“Ahí dejo de ver a mi cuerpo simplemente como un objeto de aprobación, no como el árbitro que decide cuánto valgo”.
Y agrega:
“Empiezo a darle la dignidad a mi cuerpo, que en realidad nunca perdió pero que yo no podía reconocer”.
¿Cómo reducir la dependencia de los filtros?
Rocío Santibáñez no plantea necesariamente pasar de utilizar filtros a eliminarlos de un día para otro. Su propuesta es progresiva:
“Puedo bajar a cuatro y después de un tiempo bajar a tres y después de un tiempo bajar a dos”.

La estrategia consiste en disminuir poco a poco aquello que dispara la obsesión y recuperar gradualmente una percepción más cercana a nuestra apariencia real:
“Es necesario darnos cuenta que llega un momento en que perdemos la percepción real de nosotros mismos y ya no podemos distinguir diferencias”.
En ese proceso también resulta importante preguntarnos qué hay detrás de nuestro deseo de modificar una característica. No para juzgarnos, sino para conocernos.
¿Qué buscamos realmente cuando editamos una fotografía?
Antes de publicar una imagen profundamente editada, Santibáñezpropone detenernos y preguntarnos: “¿Qué pretendo conseguir?”. Y después ir más profundo:
“¿Pretendo conseguir que me vean o pretendo conseguir que no se den cuenta cómo soy realmente?”.
También recomienda observar nuestras emociones: ¿Cómo me siento? ¿Qué me hace pensar eso de mí?. Esas preguntas pueden ayudarnos a reconocer cuándo una herramienta dejó de ser un recurso divertido y comenzó a convertirse en una exigencia.

¿Cómo hablar de dismorfia digital con niñas y adolescentes?
La problemática tampoco termina en los adultos. Santibáñez advierte que uno de los puntos más vulnerables aparece cuando niñas y adolescentes aprenden desde casa que el valor de una mujer está relacionado con su apariencia:
“El primer punto básico indispensable para proteger a nuestros hijos sería no hacerlo nosotros”.
Los niños aprenden muchas cosas sin necesidad de un sermón: observando, escuchando y repitiendo:
“La niña aprendió sin un solo sermón de por medio, sino a través de la repetición y la imitación, que su valor estaba en su aspecto físico”.
Por eso recomienda hablar con ellos sobre las imágenes que encuentran: preguntar qué sienten al verlas, qué les detonan, qué piensan de sí mismos y si consideran que esa imagen es realmente posible.

La meta no es enseñarles a desconfiar de la belleza, sino ayudarlos a comprender que una imagen no tiene autoridad para determinar cuánto valen.
Del “quiero verme perfecta” al “puedo existir así”.
Quizá la salida no está en pasar de odiar nuestro cuerpo a amarlo todos los días. La neutralidad puede ser un territorio mucho más humano: aceptar que hay días en los que nos gusta nuestra apariencia y otros en los que no, sin permitir que ninguno de ellos determine nuestra dignidad.
Porque, como explica Santibáñez, podemos reconocer una inconformidad sin dejar que se convierta en nuestra identidad.

Y al final, su mensaje más importante no tiene que ver con filtros, likes ni fotografías. Tiene que ver con recordar quién tiene el poder de definir nuestro valor:
“Mi valor no es negociable, es inherente. Ni me lo dan, ni me lo quitan, ni la cantidad de likes ni comentarios que yo obtenga van a cambiar mi dignidad. Nunca”.
Quizá desprogramar los detonantes estéticos comienza justo ahí: no cuando conseguimos vernos perfectas, sino cuando dejamos de pensar que tenemos que serlo para sentirnos suficientes.





























































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































