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Detrás de uno de los alimentos más consumidos del mundo existe una práctica que pocos conocen: el sacrificio masivo de pollitos macho al nacer. Mientras algunos países ya lo prohíben, la ciencia desarrolla tecnologías para evitar que estos animales lleguen siquiera a eclosionar.

Por Suelen Granda vía Nueva Mujer

Cuando una persona rompe un huevo para preparar el desayuno, difícilmente piensa en todo el proceso que hizo posible que ese alimento llegara hasta su cocina. La mayoría imagina gallinas en granjas, cintas transportadoras o enormes galpones de producción. Sin embargo, detrás de la industria mundial del huevo existe una práctica poco conocida por el público que durante años ha generado un intenso debate entre científicos, veterinarios, productores y organizaciones de bienestar animal.

Cada año, miles de millones de pollitos macho son sacrificados pocas horas después de nacer. No porque estén enfermos ni porque representen un riesgo sanitario, sino porque, desde el punto de vista económico, no cumplen ninguna función dentro del sistema de producción de huevos.

Los pollitos macho
Los pollitos macho son sacrificados porque no resultan rentables.

Lejos de tratarse de una actividad clandestina, el sacrificio de pollitos macho ha formado parte durante décadas del modelo productivo de la industria del huevo en gran parte del mundo. Su origen no responde a una decisión aislada de las empresas, sino a una transformación profunda que experimentó la avicultura durante el siglo XX y que permitió multiplicar la producción de huevos para abastecer a una población mundial en constante crecimiento.

Una industria dividida en dos

Hasta hace aproximadamente un siglo, muchas granjas criaban gallinas llamadas de “doble propósito”. Estas aves podían poner huevos y, una vez terminada su etapa productiva, también eran aprovechadas para el consumo de carne.

Con el paso de las décadas, la selección genética transformó completamente este modelo. Los programas de mejoramiento comenzaron a especializar las aves para cumplir funciones muy específicas. Así nacieron dos grandes líneas de producción que hoy dominan la avicultura mundial.

Por un lado están los pollos destinados exclusivamente a la producción de carne, conocidos como broilers o pollos de engorde. Estas aves han sido seleccionadas para crecer a gran velocidad y desarrollar una gran masa muscular en apenas unas semanas.

Por otro lado se encuentran las gallinas ponedoras, cuya genética ha sido optimizada para producir una enorme cantidad de huevos durante su vida productiva. Mientras una gallina de hace varias décadas podía poner alrededor de 150 huevos al año, las líneas modernas pueden superar los 300.

Esta especialización permitió aumentar la eficiencia y reducir el costo de uno de los alimentos más consumidos del planeta. Pero también generó un problema que la industria aún intenta resolver.

El problema comienza el día del nacimiento

En las plantas de incubación industrial, miles de huevos eclosionan prácticamente al mismo tiempo. Una vez que los pollitos salen del cascarón, comienza un proceso conocido como sexado, cuyo objetivo es identificar cuáles son hembras y cuáles son machos.

Dependiendo de la línea genética utilizada, esta clasificación puede realizarse mediante diferentes técnicas. Algunas se basan en características visibles del plumaje, otras en diferencias de color y, en ciertos casos, mediante el llamado sexado cloacal, un procedimiento que requiere un entrenamiento altamente especializado para identificar pequeñas diferencias anatómicas en los primeros minutos de vida.

Las hembras continúan el proceso productivo. Son vacunadas, clasificadas y posteriormente trasladadas a las granjas donde crecerán hasta convertirse en gallinas ponedoras. Los machos, en cambio, representan un desafío completamente distinto.

A diferencia de los pollos de engorde, los machos nacidos de líneas ponedoras no desarrollan suficiente masa muscular para hacer rentable su crianza como aves de carne. Crecen mucho más lentamente, consumen más alimento durante un periodo prolongado y generan un rendimiento económico considerablemente menor.

Tampoco pueden cumplir la función principal para la que fueron seleccionadas genéticamente sus hermanas: poner huevos. En términos estrictamente productivos, mantenerlos vivos supone una inversión que la industria considera inviable. Por esa razón, la inmensa mayoría de estos pollitos son sacrificados pocas horas después de nacer.

Diversas estimaciones internacionales calculan que esta práctica afecta entre 6.000 y 7.000 millones de pollitos macho cada año, una cifra que equivale a cerca de 19 millones de animales al día.

¿Cómo se realiza el sacrificio?

Los protocolos de bienestar animal reconocidos por organismos veterinarios internacionales establecen distintos métodos para provocar una pérdida rápida de la consciencia y la muerte de los animales cuando el sacrificio resulta inevitable dentro de un sistema productivo.

En las plantas de incubación, el procedimiento más utilizado históricamente ha sido la maceración mecánica, un sistema que emplea equipos diseñados para provocar una pérdida prácticamente inmediata de la consciencia cuando funcionan conforme a los estándares técnicos establecidos.

Otro método utilizado en algunos países consiste en la exposición controlada a altas concentraciones de dióxido de carbono, un procedimiento regulado por distintas normativas veterinarias.

Aunque ambos métodos son aceptados por diversas legislaciones, su existencia ha sido objeto de un creciente cuestionamiento social durante la última década. Las imágenes difundidas por organizaciones de bienestar animal, junto con el mayor interés de los consumidores por conocer el origen de los alimentos que consumen, han impulsado un debate que hoy trasciende la industria avícola y alcanza a gobiernos, investigadores y empresas tecnológicas.

La respuesta de Europa: cuando la legislación impulsó el cambio

La creciente preocupación por el bienestar animal comenzó a modificar la percepción pública y, con ella, las decisiones políticas. Uno de los puntos de inflexión ocurrió en Europa.

En 2022, Alemania se convirtió en el primer país del mundo en prohibir el sacrificio sistemático de pollitos macho por motivos exclusivamente económicos. La decisión marcó un precedente histórico al reconocer que el valor de la vida de un animal no debía depender únicamente de su utilidad dentro del sistema productivo.

Poco después, Francia adoptó una medida similar y obligó a las empresas avícolas a incorporar tecnologías que permitieran identificar el sexo del embrión antes de la eclosión. Italia también aprobó una legislación para avanzar hacia la eliminación de esta práctica, aunque su implementación ha sido gradual para permitir que el sector se adapte a las nuevas exigencias.

La tecnología que busca evitar que los pollitos lleguen a nacer

La principal alternativa desarrollada por la ciencia recibe el nombre de sexado in ovo, una expresión en latín que significa “dentro del huevo”.

La idea es sencilla, aunque su desarrollo tecnológico ha requerido años de investigación: determinar el sexo del embrión durante los primeros días de incubación para evitar que los huevos que contienen machos continúen su desarrollo.

En lugar de esperar a que el pollito nazca para clasificarlo, el análisis se realiza cuando el embrión todavía se encuentra dentro del cascarón.

Algunos sistemas realizan una microperforación con láser para extraer una cantidad mínima de líquido del interior del huevo. Esa muestra es analizada automáticamente en busca de determinados marcadores hormonales asociados a los embriones femeninos.

Otras tecnologías utilizan espectroscopía, imágenes de alta resolución o análisis ópticos capaces de identificar diferencias biológicas sin necesidad de abrir el cascarón.

También se desarrollan métodos basados en inteligencia artificial y análisis molecular que buscan aumentar la velocidad y la precisión del proceso.

Una vez identificados los huevos que contienen embriones machos, estos se retiran de la incubación y pueden destinarse a otros usos industriales, como la producción de alimentos para mascotas, fertilizantes, biogás o materias primas utilizadas en diferentes procesos industriales, dependiendo de la normativa de cada país.

Una solución prometedora, pero todavía costosa

Aunque el sexado in ovo representa uno de los avances más importantes de la avicultura moderna, su adopción aún enfrenta importantes desafíos.

La principal barrera es económica. Los equipos necesarios requieren inversiones elevadas en tecnología, automatización y capacitación del personal. Para las grandes compañías europeas, estas inversiones forman parte de un proceso de adaptación impulsado por la legislación.

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