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  • 12 de diciembre de 2025
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Por María Bernal

Día centralísimo, ayer, para los mexicanos, doce de diciembre. Día de nuestra patroncita querida, la Niña de Juan Diego, la del manto de estrellas, la de la mirada de amor y dulzura, la que nos lleva en su corazón, la que manda rosas en pleno invierno, la que le dijo que sí a Dios para ser el espacio de vida de su Hijo, y la que después nos lo regala. Ella es la Morenita del Tepeyac que quiso tomar los rasgos indígenas para parecerse a nosotros, la que quiere quedarse en una casa en el cerrito para ahí manifestar a su Hijo divino, la que cura al tío enfermo de Juan Diego, Bernardino; la que se hace presente en medio de cantos. La que nos deja su imagen misteriosamente plasmada en el ayate, la tilma de Juan Diego, en donde permanece hasta el día de hoy, casi 500 años después. La Madre amorosa de todos los mexicanos. La Reina del Cielo.

Y, por si fuera poco, en pleno siglo XXI se han hecho estudios científicos muy serios que nos revelan verdaderas delicadezas de la Virgen para nosotros. A lo mejor ya lo sabes, pero me gustaría recordar algunas de ellas. Mira, por ejemplo, las estrellas del manto de la Virgen están colocadas de tal manera que si se ponen en un pentagrama se puede tocar una melodía hermosísima. Esta misma posición de las estrellas está exactamente igual a la que tenían el día mismo de la aparición a Juan Diego en el 1531.

Si colocas la imagen en forma horizontal en el centro del mapa de México verás que las flores del vestido corresponden a los cerros de México, desde el Paricutín hasta el Pico de Orizaba y la flor del centro que está sobre el vientre de la Virgen corresponde justamente al cerro del Tepeyac. Esto de las flores se ve en una fotografía realizada por la NASA. Otro descubrimiento muy actual es el número de estrellas en el manto, son 46 igual que los 46 cromosomas del ser humano.

Algo muy interesante también es la inclinación del rostro de la Virgen hacia la derecha que es igual a la inclinación de la tierra, 23.5°, necesaria para la vida, el ciclo de las estaciones, la observación de las estrellas, es un dato contundente que tiene que ver con los astros y sus posiciones en el firmamento.

También sabemos de las cosas inexplicables que suceden en los ojos de la imagen. Por ejemplo, sabemos que la pupila se comporta como un ojo vivo, que cambia de tamaño con la intensidad de la luz. Y también conocemos los estudios que se han hecho amplificando la imagen más de dos mil veces y en los que se encuentran reflejados en la pupila los personajes que estaban presentes en el momento de la entrega de las rosas al obispo.

Y está el misterio de los colores que no se han degradado con el tiempo y que no son minerales, ni vegetales ni animales. No hay explicación. Y tampoco se explica que el ayate mismo no se haya destruido con el tiempo porque no tiene preparación alguna, está tal cual lo llevaba Juan Diego el día de su encuentro con María Santísima.

Hace algunos años, hubo un suceso del que se supo muy poco. Más o menos por las fechas en que se liberó la ley del aborto en la ciudad de México, durante una celebración eucarística en la Basílica de Guadalupe muchos pudieron ver una luz inusitada en el vientre de la imagen con forma de niño no nacido. Quienes la vieron dicen que fue clarísimo. Lo que sí sabemos, es que nadie como Ella ha acogido la vida y está muy adolorida por tantas vidas no nacidas que se pierden diariamente en nuestro país. A la Virgen le duele la vida, porque le importa.

Hay muchísima información sobre el acontecimiento guadalupano que valdría la pena conocer. Para saber más detalles y para que nuestro amor esté más alimentado, con más bases no sólo religiosas sino científicas.

Ella se hace presente en nuestras vidas si se lo permitimos, Ella es apoyo, es refugio, es guía, es consuelo. Ella se muestra Madre de todos. No podemos olvidar esa frase que le dice a Juan Diego, que en realidad nos dirige a cada uno: “Que no se aflija tu corazón. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”

Nos toca corresponder a tanto amor de semejante Mamá, nos toca demostrarle nuestro amor, más que festejándola, siendo hermanos unos con otros como Ella lo desea. Somos sus hijos y esto nos hace hermanos. Es tiempo, entonces, de honrarla viviendo en el amor fraterno que nos une y nos hace un mejor pueblo. Empezando desde hoy, podemos decirle, Santa María de Guadalupe, salva nuestra patria y aumenta nuestra fe.

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